Los gadgets pueden provocar sonambulismo en los menores

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Las nuevas tecnologías han llegado a nuestras vidas para quedarse. No hay ámbito de nuestro día a día en el que no estén presentes, contribuyendo a hacer nuestras tareas mucho más llevaderas o mejorando la calidad y variedad de nuestro entretenimiento. Sin embargo, su uso -y, sobre todo, su abuso- entrañan ciertos riesgos. Acaba de conocerse que la presencia de aparatos informáticos en el dormitorio puede desencadenar trastornos del sueño. 


Gadgets y adolescentes


Los niños y jóvenes son uno de los sectores de nuestra sociedad más interesado en los objetos tecnológicos. Aplicaciones informáticas, videojuegos, teléfonos de última generación y redes sociales no tienen secretos para ellos. No en vano, son la primera generación nativa de la era digital.


Sin embargo, su familiaridad con todo este amplio abanico de recursos no siempre implica que hagan de él un buen uso. Muy a menudo, sufren problemas derivados de negligencias en la comunicación de sus detalles personales, desarrollan traumas y patologías asociadas al aislamiento que les provoca la adicción a las tecnologías o, simplemente, su estado físico general se resiente por el sedentarismo asociado a las mismas. 


Sobre el sonambulismo adolescente y los ordenadores


El vicepresidente de la Asociación Española del Sueño (Asenarco), Gonzalo Pin, ha alertado sobre la probable relación entre la creciente presencia de elementos informáticos en los dormitorios de los menores y el incremento de los registros de sonambulismo en esta franja de edad. Esta patología del sueño tiene un origen ciertamente difuso, pero el doctor Pin recuerda que el abuso de estímulos digitales es, sin duda, un factor decisivo para su aparición.


Su potente luz puede elevar los niveles de una hormona que genera estrés en el cuerpo, disminuyendo además las funciones cognitivas del individuo. Según él, los niños españoles se acuestan tarde, por lo que tienden a arrastrar una carga de sueño crónico. Un seis por ciento de los menores entre 6 y 11 años lo padecen, si bien los episodios tienden a remitir a lo largo de los 5 años siguientes a la detección del problema.

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